Monthly Archives: enero 2014

Catalina, la grande

Hoy es un día triste. Ha muerto Catalina,  amiga de mi abuela desde que eran niñas. Fueron juntas a la escuela, trabajaron en la misma fábrica y sus maridos eran muy buenos amigos. Aunque alguien quiso que Antonio pasase veinte años en la cárcel por pensar diferente y; a pesar de todo, Catalina esperó a su amor. Prometió esperarle una vida entera. Afortunadamente para ambos no fue necesario. Antonio pudo estar con Catalina, darle un hijo y beber toda la felicidad que les habían arrebatado aquellos malditos veinte largos años. Junto a ella.

Cuando pienso en Catalina y en su historia no puedo evitar preguntarme qué es lo que estamos haciendo con nuestras relaciones. Trato de imaginar una situación similar a la de Catalina en nuestros días y me resulta demasiado ficticia.  A lo mejor me equivoco (ojalá) pero creo que nadie sería capaz de afrontar una situación similar en el mundo inmediato que nos ha tocado vivir. En un mundo donde cuando algo se rompe o se pone difícil no se intenta arreglar. Se tira. Se abandona.

Seamos sinceros con nosotros mismos. Hemos cambiado la generosidad, el sacrificio y la empatía por raciones gigantescas de ombliguismo. Estamos tan pendientes de nosotros mismos que el levantar la cabeza para mirar alrededor y descubrir que estamos rodeados de otros seres humanos nos resulta una hazaña. Lo sé; no se puede generalizar. Pero sería mentir no rendirse ante esta evidencia.

¡Ala, exagerada! ¡Tampoco es para tanto! Claro. El hecho de que aparezcan fenómenos como el phubbing, es decir, la acción despreciar o ignorar a otras personas cuando se está haciendo uso del teléfono y otros dispositivos móviles; es una mera y pura casualidad. Va a ser, sí. Porque ignorar a tus amigos mientras te tomas un relaxing cup of café con leche y juegas al Candy Crush Saga no es para nada una falta de respeto hacia esos pobres diablos que te aguantan y con los que por cierto habías quedado…

Es muy triste admitirlo pero Catalina lo hubiera dejado con Antonio por wassapp en nuestros días. Y lo sabéis.

Buen viaje Catalina. Tu nombre no se borrará de la historia.

 

¡Juega!

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Paperless

 

Tengo una tarea urgente. He de reconciliar dos aspectos vitales de mi existencia. Mi lado analógico debe aprender a convivir con mi lado digital. Es una de las consecuencias de tener la gran suerte de nacer a caballo entre dos generaciones. Sí amigos. Yo rebobiné cintas de casette con un boli bic y vi nacer el mp3. Consulté la enciclopedia Larrouse, tuve una Encarta y Google me resuelve dudas diarias. Revelé carretes de fotos con líquidos en un cuarto oscuro y he aprendido a “revelar” en Photoshop. Y considero este hecho algo positivo. He sido testigo de la revolución tecnológica. Sin embargo, he de admitir que esta evolución y la consabida adaptación al nuevo medio no se ha dado en mí a la misma velocidad. Mis habilidades digitales no son lo que me gustaría.

Dicho de manera más sencilla sigo siendo demasiado analógica para según qué cosas. Necesito tomar notas de mi puño y letra, por ejemplo, cuando escucho o leo contenido que considero interesante. Sigo gastando papel, tinta, cuadernos para escribir pensamientos, ideas, mapas conceptuales… por eso me tiño de verde envidia cuando leo posts del tipo “7 consejos para ser productivo sin papel”. Especialmente si el autor tiene más edad que yo. Mucho photoshop, mucho ordenador pero sigo llevando la libreta y la agenda dentro de mi bolso. A cuestas. No hay manera de aligerar esa carga y convertirme en integrante de esa nueva tribu: los paperless.

Un paperless es un profesional que ha conseguido evolucionar en la administración de su archivo, dejando atrás el papel y abriendo su alma y sus documentos a la era digital. El paperless tiene una cuenta en “la nube” donde guarda las facturas y tickets de su start up por un lado; el manual de instrucciones de la lavadora por otro; y  las capturas de momentos inspiracionales para sus nuevos proyectos en otro. Todos sus documentos, toda su vida está ahí, organizada en carpetas y etiquetas. Yo sigo teniendo tres montones de papeles de orden aleatorio cogiendo polvo en el escritorio, a varios años luz de atraso de esta nueva raza superior.

No digo esto con sorna ni con ironía. Es verdadera admiración. Llegar a una sistematización tan compleja del manejo de tu información se merece una ovación. Estas son las cualidades que marcan la diferencia. Precisamente porque creo firmemente en ello he decidido iniciarme. Sí, quiero seguir el camino del paperless para alcanzar su organización, productividad y sabiduría.

¿Y vosotros? ¿Evolucionareis a paperless?

Casilla de salida

Cacharreando hace un rato en Internet me he encontrado con este tweet de Alejando Suarez (@alejandrosuarez):

“Hay dos tipos de personas, los que comienzan enero el día 1 y los que lo hacen el día 7″.

No he podido reprimir una sonrisa y acordarme de mi charleta del día anterior con un amigo.  La conversación de la “casilla de salida” nos tuvo entretenidos más de la mitad del café del día de Reyes. Cuando llega el nuevo año es inevitable hacer un ejercicio de balance del saliente y estrenar bonitos propósitos que nos hagan más felices a medio o largo plazo.  Sí, la teoría es preciosa pero…  ¿qué pasa cuándo tu situación vital está, digamos, algo estancada?

Pongámonos en situación. Estás en el paro. Llega diciembre y el mundo entero se confabula para ser feliz, solidario y atrocidades varias. Tú entras en el juego, arrastrado por el ritmillo pegadizo del “Jingle Bell Rock”,  acabas engullendo polvorones, abrazando a tu cuñado y borracho de frivolidad. Y entonces, llega el 7 de enero. La población activa vuelve a la normalidad, a la aburrida rutina del trabajo. Eso es, ¿Qué pasa contigo? No tienes ningún lugar al que volver, loser. Tienes la misma cara que cuando te tocó volver a la casilla de salida en el juego de la Oca.

No importa cuánto tiempo lleves desempleado, la sensación siempre es la misma.  El mundo ha vuelto a girar y te ha dejado en tierra. Ains, qué desconsiderado por su parte. Ante tremenda situación tienes dos opciones: buscar la manera más indolora de desaparecer del planeta, poco recomendable; o bien enfrentarte a la casilla de salida de la manera más honrosa que se ocurra.

Porque realmente no importa cuántas veces vuelvas a ella. Estar ahí es ya signo de que estás jugando.  Que no te has rendido por muy jodidas que te las hayan puesto.  Que no has fracasado y que  no vas a dejar que nada ni nadie te derrote.

Así que… ¿Empiezas el año el 1 o el 7? ¿Vaso medio lleno o medio vacío?

Manifiesto Blog

Quiero ser la alegría de lo inesperado. Quiero hablar de las imágenes que pasan por mi cabeza; de esas historias que, por fin, no tengo ningún miedo a compartir con el resto del mundo. No sé realmente si soy o no ocurrente. La gente ríe de vez en cuando con las cosas que digo y por cómo las digo. Puede que sea un buen comienzo. Quiero contarle al mundo mi existencia porque me siento muy orgullosa de ella. Es algo que no había sentido hasta ahora;  y, contra todo pronóstico, me encanta.

Sexo en Nueva York es una de mis series favoritas. Tiene glamour, vestuario de diseñador, protagonistas ricas y sofisticadas, tíos de infarto y un gran final feliz. Me encanta, muy a pesar de que todo es un cliché. De principio a fin. Una gran gama de estereotipos que ni siquiera se corresponden a mi propia realidad. Pero me encanta. Supongo que lo me atrajo fue precisamente eso, lo alejada que estaba de mí. Se convirtió en un respiro y en una quimera, en una huida más. Llevar la piel y los manolos de Carrie era mucho más apetecible que los zapatos planos de Pilar.

Hubo un tiempo en que el que habría dado mi reino por ser como Carrie. Fantaseaba conmigo y mis amigas de la facultad. Éramos cuatro jovencitas con demasiados pájaros en la cabeza. En concreto yo era la que tenía la pajarera mayor. Menos mal que los liberé. Los pobres pájaros estaban hasta el gorro de aguantarme. Lo único que conservo de aquellos días es una afirmación: El mundo en el que me ha tocado vivir se vanagloria de estar ultraconectado y se autodefine como el mundo de la información y la comunicación. Sin embargo, yo siento que los individuos, lejos de esta conexión extraordinaria, viven cada vez más aislados de su realidad. Se pasan el día observando la evolución de su propio ombligo sin prestar la más mínima atención a aquello que no tenga que ver directamente con ellos mismos. Como consecuencia directa, la empatía, esa capacidad para ponerse en el lugar del otro, es un valor a la baja. Cada vez estamos más solos y cada vez le damos menos importancia a esta evidencia. Cada vez, con más frecuencia, te toca relacionarte con seres y humanos.

Hay algo que es una gran verdad. Gracias a la superficial Sexo en Nueva York supe que me gustaban las personas por encima de todo. Supe que no hay nada más apasionante que las relaciones que se establecen entre seres: humanos o no. Supe que, pase lo que pase, siempre puedes tener a alguien a tu lado dispuesto a echarte un cable, aunque sea al cuello. Da igual que sea tu ligue, tu novio, tu prometido, tu amigo gay o tu amiga. Siempre hay alguien con quien compartir emociones. Supe que se puede encontrar el amor. Lo de desmontar al príncipe azul llegó más tarde…

Carrie Bradshaw me enseñó que puedo ser una mujer a la que le encanta cocinar, hacerse ella misma la ropa, preparar pasteles y magdalenas y, aún así, seguir siendo fabulosa.

Carrie me hizo soñar con tener un vestidor de mujer económicamente independiente. Si eso me convierte en una fashion victim, llevaré con orgullo la etiqueta.

¡Ah! Y las posibilidades del horno como almacenaje de prendas. Porque sentí la misma cantidad de fascinación y de horror cuando la escuché confesar que utilizaba el horno para guardar jerseis.

Y sí, Esto no es Sexo en Nueva York pero ¿realmente hace falta?

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