Madrid 1981. Llegué al mundo un soleado domingo de mayo. Fui una niña feliz, juguetona y curiosa. Una exploradora que convertía en aventura todo lo cotidiano. Adoraba inventar historias con un juego de construcción de madera y un barril de detergente lleno de “PinyPones”.

A medida que fui creciendo, esa necesidad de contar historias al mundo aumentó exponencialmente. Cuando tenía 14 años decidí que algún día recogería un Nobel de Literatura, ¡por lo menos! La narrativa, especialmente la audiovisual de ficción me llamaba para ser su humilde y fiel servidora. No podía rechazar semejante oferta.

Llegaron los años de universidad: Licenciatura en Comunicación Audiovisual. En la facultad (al menos, en la mía) nada es como te habían contado. Yo fuí allí deseando aprender a construir historias para producir grandes series y me topé con una amalgama de asignaturas versadas en el periodismo y la sociología, la actualidad, el poder y la influencia de los mass media… todo precioso para un aspirante a plumilla, sí, pero no para mí.  Aún con la frustración de la estafa, decidí  seguir adelante. Y fueron de  los mejores años de mi vida. Conocí a amigos que se volvieron inseparables, o no. Jugué al mus en la cafetería, me fuí de “juergues”; y me licencié en 2006.

“Bienvenida al mundo laboral. Aquí empieza tu futuro”. Era la hora de demostrar mi talento, de hacerme mi hueco. Y, contra todo pronóstico, me especialicé en Producción. Descubrí que montar “saraos” que permitieran contar historias era mi vocación, mi motivación y mi adicción.

¿Y por qué una productora escribe un blog? Aparte de que no quiero ser una “sin techo digital” como diría Alfonso Alcántara; me fascinan las relaciones personales de hombres, mujeres, padres, hijos, jefes, entre otras especies. Disfruto mucho hablando del hombre. Amo al ser humano. Quiero abrir una ventana al mundo desde donde poder contemplarlo y que el mundo pueda visitarme cuando quiera.

Necesito hacer mi pequeña contribución a esta loca época que me ha tocado vivir.